LOS
PEREGRINOS
Escogieron
una calle y caminaron lentamente hacia el centro de
la ciudad.
-Todas
las calles conducen a la catedral- les explicó
el abuelo Juan.
Ni
por un instante sospecharon que los seguían;
las calles estaban bastante concurridas. Con los primeros
rayos de luz, algunos vecinos abandonaban sus casas
para comenzar las jornada de trabajo. De cuando en
cuando, se tropezaban con un caminante roto por el
cansancio y el hambre, ennegrecido por el sol, barbudo
y sucio, pero con la mirada llena de ilusión
por haber alcanzado el ansiado destino.
-Es
un peregrino - decía Maruxa con respeto.
Desembocaron
por fin en una plaza donde se veía un edificio
enorme a medio construir.
-
Es la catedral - murmuró el abuelo.
-¡
No, no lo es! - exclamó Lolo. Aquel edificio
no tenía nada que ver con la bella catedral
que él recordaba.
-
Está sin terminar, tardó siglos en ser
como nosotros la conocemos.
Entraron
sin sospechar que una figura encorvada los vigilaba.
Un hedor a incienso y sudor impregnaba las piedras.
-
Huele fatal - refunfuñó Lolo mientras
se tapaba la nariz.
-
Es por los peregrinos. Vienen de muy lejos. Algunos
han atravesado a pie media Europa - dijo el abuelo.
Efectivamente,
acurrucados en la penumbra dormitaban muchos bultos
silenciosos.
-
¡Pues debe de hacer más de un mes que
no se lavan!
Maruxa
se echó a reir mostrando su boca desdentada:
-
¡Y más de un año! Pero no pongas
esa cara: a mi abuelo el agua nunca le mojó
más arriba de los codos y vivió casi
cien años. Aunque yo he salido más limpia:
me baño una vez al año, lo necesite
o no.
Terminó
la frase con una de sus risotadas, a la que se unió
el abuelo. Parecían muy divertidos.
-
Eso es poco, Maruxa; ya conoces el refrán:
lávate los pies, al menos, una vez al mes.
Lolo
muy atento a lo que decían, exclamó:
-
¡Y mi madre se empeña en que me duche
todos los días! Así nunca llegaré
a viejo.
-
Tu madre tiene razón - protestó el abuelo,
preocupado porque la conversación era poco
educativa -. Y tú deja ya de bromear, Maruxa.
-
¿No te acuerdas de cuando tu madre te perseguía,
con la zapatilla en la mano, para meterte en la bañera
los domingos por la mañana? Una vez te escondiste
entre los cochinos para huir del restregón,
entraste en la iglesia y... se acabó la misa.
¡No había quien aguantase a tu lado!
El cura se quedó de piedra al ver la iglesia
vacía. ¡Lo que nos reímos contigo!
El
abuelo se puso colorado como un tomate. Las risotadas
de Maruxa resonaban en el interior del templo, amplificadas
por el eco. Alguien les chistó desde un rincón
para que se callaran.
En
ese instante, los rayos del sol iluminaron la catedral
y las vidrieras tiñeron la luz de mil colores
diferentes. Se quedaron sobrecogidos. El espectáculo
era tan bello que Lolo se prometió volver algún
día a contemplar el amanecer filtrándose
por las vidrieras.
Una
cuadrilla de hombres con brochas, yeso y barriles
de pintura entró en el templo. Subieron a unos
andamios y comenzaron a pintar. Lolo había
visitado varias veces la catedral, pero nunca se había
fijado en que las esculturas estuvieran pintadas.
De pronto exclamó:
-
¡Están pintando el Pórtico de
la Gloria!
Efectivamente,
el Pórtico estaba allí, encima de sus
cabezas, reluciente y nuevo, pero sin acabar, pues
faltaba una fila de figuras. Maruxa se acercó
a los pintores y comenzó a hablarles.
Los
pintores se quedaron perplejos al ver a aquellos desconocidos
con ropas tan extrañas.
Seguramente
hablan gallego antiguo y no te han entendido - le
dijo el abuelo en voz baja.